lunes, 4 de julio de 2016

Ella, sin él.

Sigilosamente, el sirviente cerró la puerta y el silencio inundó la enorme sala del castillo construido en el siglo XIII que ella heredó de siete generaciones, y que conserva sus principales características intactas: la enorme mesa de arce holandés, recubierto con un mantel color marfil de cinco metros y medio; retratos viejos de antepasados en las paredes altas pintadas con un rosa pálido que coincidía con el rosa de sus mejillas y la vajilla traída de Venecia, blanca e incorrupta como el matiz de sus manos en la fría noche de Escocia.
En la cabecera sur de la mesa, iluminada por la araña de 257 bombitas incandescentes que le obsequiara la reina Victoria a su madre, ella estaba: inmóvil. 
Apretaba la cabeza de los leones en los extremos de los posabrazos del sillón que presidía la sala cual trono indiscutible de las veladas que allí se habían realizado. Temblorosa, pálida, agobiada por el silencio y la soledad.
Sin ni siquiera haber tocado un cubierto para tratar de probar el esturión que había seleccionado  para cenar, sale corriendo desesperada, cada vez más próxima al llanto y grito.
Se interna en el bosque espeso que tantas veces caminó sonriente tomada de su mano. Pero él ya no está y la oscuridad prevalece en el paisaje, y en su alma. 
Nada es como antes. Ella ya no es la “Belle Stelle” que era cuando él la adulaba, enamorado.
Parada en el límite mismo del acantilado el viento hace flamear su vestido negro de terciopelos amalgamados con detalles de gasa perlada y satén. No ve más que el rostro de su amado reflejado por la luna llena en las olas que se deshacen al chocar contra la piedra. 

Ella alza sus brazos temblando grita una plegaria al cielo:
Hay que olvidar
Para poder vivir
Pero al caer la noche
Falta tu estrella
Entre los dedos de la luna
Llora mi alma
Porque te busca y sabe bien
Que ya no estás


El recuerdo de él sigue ahí, acompañando su soledad y nada la consuela…